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Recomponiendo a Noel Excerpt

Capítulo 1

 

 

OTRO MONTÓN de facturas golpeó el escritorio de Tim, sacándolo de su trance inducido por los villancicos. Justo ahora, que había encontrado el ritmo adecuado para armonizar las felices melodías de las vacaciones que sonaban a través del sistema de altavoces de la oficina. Tendría que empezar de nuevo. Oh, porras.

¿Cómo era que todo el mundo parecía estar tomando parte en todo tipo de travesuras mientras que él todavía estaba terminando el Agradable Catálogo? Todos los amigos de Tim lo hacían: colarse en la Gruta de Santa Claus, emborracharse con ponche de huevo y julepe de menta, bailar toda la noche, pero Tim no. Oh, no. ¿Cómo iba Tim a pasar su noche de viernes?

Archivando facturas.

No solo sus facturas, sino también las de dos colegas que recientemente habían sido ascendidos para cortar galletas en las fábricas de dulces. Ya no se encontrarían allí, rellenando el papeleo interminable, sino con bocados celestiales de pan de jengibre, canela, vainilla, chocolate, y todos los tentadores sabores de la creación Kringle [1].

Todos los días, alguien nuevo lograba escapar del Abominable Departamento Administrativo para ir a pastos más mágicos, y se había convertido en una especie de parada temporal para los recién graduados elfos de camino hacia algo mejor. Tim deseaba ser uno de ellos. De hecho, dedicaba mucho más tiempo de lo que debería a soñar despierto con todas las emocionantes posibilidades, imaginando todas las alegres aventuras que existían, aparte de rellenar papeleo y escribir. Entonces se acordó de por qué era uno de los únicos elfos que nunca pasaba de la ADA. Era lo único que sabía hacer, y que no requería de algún tipo de instinto o talento especial. No era lo suficientemente creativo o hábil como para trabajar en la Firma de Construcción del alcalde Kringle. No tenía la habilidad de hacer tostadas, ni mucho menos poseía las habilidades necesarias para trabajar en las fábricas de dulces. No era ridículamente guapo, valiente ni lo suficientemente especial como para ser uno de los del Escuadrón de Rein Dears [2], aunque pocos lo eran. No era lo suficientemente duro para ser uno de los soldados de juguete del Rey Frost. Maldita sea, ni siquiera sabía cortar un rollo de cinta en la planta de embalaje de regalos.

Parecía que fue ayer cuando el señor Kringle había asegurado que Tim iba a encontrar su vocación como todos los demás. Después de todo, todavía era muy joven, apenas tenía doscientos cuarenta y cinco años. Pero la mayoría de los elfos encontraba su vocación cuando cumplían ciento cincuenta, al salir de la escuela de Santa Claus. La única razón por la que Tim era una parte de la organización del señor Kringle era por el padre de Tim, algo que no había pasado desapercibido para todo el que lo conocía. Por lo menos, todos respetaban a su padre lo suficiente para no hablar de ello. O eso, o la compasión que sentían por Tim superaban las ganas de cotillear.

Conteniendo un suspiro, Tim recogió el último montón de facturas completado y de mala gana las llevó hacia el viejo y destartalado armario, el que debería haber sido reemplazado hacía décadas. La corteza de almendra habría sido una alternativa robusta a esa cosa.

—Oye, Tim.

Tim dio un salto en el aire, con el corazón palpitando ferozmente en el pecho por el susto inesperado. A su alrededor, las facturas flotaban como nieve cayendo y la oficina estalló en carcajadas. Tomando una profunda y constante respiración, Tim se agachó a recoger los papeles, ignorando a su supervisor, quien se alzaba por encima de él con una sonrisa satisfecha. Odiaba cuando Noel se acercaba sigilosamente a él de esa manera. Por supuesto, si dejara de soñar despierto, quizá Noel no se adelantaría a él tan a menudo.

—Caray, Tim. Deberías intentar tomar menos malvaviscos en tu chocolate de la mañana.

Tim gruñó evasivamente mientras seguía reuniendo las hojas extraviadas.

—¿Necesitabas algo? —Trató de no dejar que su irritación se notara en su tono. Lo último que quería era dar a Noel una excusa para ponerle más trabajo. Tim no tenía idea de lo que podía haber hecho para disgustar tanto al elfo de cabellos oscuros. Cuando se había unido, al principio, Noel había sido amable con él, le había sonreído e incluso mantenido conversaciones agradables. Ahora hacía todo lo posible para evitar a Tim, solo interactuaba con él cuando era absolutamente necesario, y aun así, siempre se traducía en una experiencia increíblemente desagradable. El tamaño y la disposición intimidante de Noel no ayudaban nada, sobre todo para un elfo tan pequeño como Tim. Noel era el elfo más alto en el ADA, ancho de hombros, unos años mayor que Tim, y en realidad, aunque podría estar equivocado, sería guapo si no pareciera tan triste todo el tiempo.

Tim no podía recordar cuándo había ocurrido, simplemente un día, cubierto de nieve, Noel dejó de sonreírle, y había comenzado a hacérselas pasar negras, más que al resto de los elfos de la oficina. Por su vida, que Tim no podía entender por qué. Hubo momentos en los que se preguntó si tal vez Noel se había enterado de que él…

Rápidamente, se sacudió ese pensamiento de la cabeza. No, nadie en la oficina lo sabía. Si Noel lo hubiera descubierto y esa fuera la razón de su hostilidad, seguramente ya se habría enfrentado a Tim por ello a estas alturas. En cambio, lo atormentaba todos los días, desde la mañana hasta el final del trabajo del día.

Noel se apoyó en el archivador y le sonrió, sus ojos agudos, de color gris plateado fijos en él.

—Solo quería recordarte que esta noche está programado que recibas la entrega del carbón.

—Lo sé. No lo he olvidado —gruñó Tim, intentando hacer desaparecer un mechón de pelo del ojo mientras trataba de no dejar caer todo de nuevo.

—Ahora, déjame ayudarte con eso. —Noel se inclinó hacia delante y Tim se quedó inmóvil. No consiguió vislumbrar qué diablos estaba a punto de hacer —así que tampoco tuvo tiempo de considerar la posibilidad de correr como alma que lleva el diablo—, antes de que Noel diera un manotazo a los papeles que llevaba en la mano. Ambos se quedaron mirando la ráfaga de papel oficial flotando hacia el suelo a su alrededor. Oh, porras. Una vez más—. Maldita sea mi torpeza. Bueno, al menos ahora tienes las manos libres. —Noel sonrió mientras se alejaba, bromeando con algunos de los otros elfos sobre la torpeza de Tim. Nadie vino a ayudarlo; incluso si alguien hubiera querido hacerlo, no se atrevería a hacerlo con Noel alrededor. Tim realmente no podía culparlos. Lo último que quería era ser la causa de la desdicha de otros.

Una vez que hubo recogido cada pedazo de papel, pasó el resto de la tarde archivándolos. Ni siquiera las campanas en movimiento que sonaban en el fondo podían hacer que su espíritu brillara. Como de costumbre, cuando llegó la noche, él era el único que quedaba en la oficina. Con un gemido, dejó que su cabeza cayera sobre el escritorio. ¿Cómo había llegado su vida a ser de esta manera? No solo su padre había sido bendecido con gran magia, había sido uno de los más heroicos soldados de juguete que el Rey Frost jamás había tenido; su madre había sido la más bella y refinada de las hadas Confite de Ciruela, cuando tales títulos significaban algo. Hoy en día, las hadas se encontraban generalmente bailando sobre las mesas en la Gruta de Santa Claus, llevando demasiado maquillaje y muy poca ropa. Las que tenían suficiente suerte, por no hablar de ser lo suficiente bonitas y atrevidas, lograban obtener posiciones cuidando de los Rein Dears.

Ahora bien, había una posición que lo tenía todo. Ser un Rein Dears, es decir, no una de sus hadas. No era ningún secreto que algunos de los Rein Dears pasaban por las hadas de la manera que Kringle pasaba por las galletas. Corría el rumor de que los Rein Dears utilizaban a sus ayudantes para algo más que ayuda, pero nadie se atrevía a cuestionarlos. Los Rein Dears eran los atractivos aviadores del alcalde Kringle. Viajaban por el mundo, entregando regalos en Nochebuena. Si eras un Rein Dears, donde quiera que fueras, todo el mundo te quería y te adoraba. Incluso el Rey de los Ratones y sus matones respetaban a los Rein Dears. Eran como estrellas brillantes. Y Rudy…

Tim dejó escapar un suspiro melancólico. Rudy era el líder del escuadrón, y el más guapo de todos ellos. Grande, fuerte, y poseía el más sorprendente pelo rojo que nadie hubiera visto nunca. Chico, ¡lo que Tim no daría por quedar atrapado bajo el muérdago con él! También era el único Rein Dears que no tenía su propia hada Confite de Ciruela. Nadie sabía por qué. Siempre parecía tener una o dos colgando de su brazo, pero el piloto no parecía interesado en mantener a ninguna a su alrededor. De cualquier manera, Tim mantenía su tonto enamoramiento para sí. Incluso si fuera lo suficientemente especial como para ser el ayudante de un Rein Dears, él no era un hada Confite de Ciruela y, por tanto, no contaba con los cromosomas encantados correctos. Por no hablar, de que no tenía mucha experiencia cuando se trataba de ciertos tipos de “ayuda”. Ni siquiera podía recordar la última vez que había tenido una cita.

Una campana sonó ruidosamente sobre su cabeza, dándole tal sobresalto que perdió el equilibrio y cayó hacia atrás con un grito de lo más embarazoso. No hubo forma de impedir darse contra el suelo con un golpe doloroso. «¿Podría esta noche ir a peor?». Al menos nadie había estado cerca para reírse de él. Entonces recordó para lo que era la campana.

—¡Pudín de ciruela! ¡El carbón! —Se puso en pie, cogió su chaqueta y una anodina gorra antes de correr tan rápido como pudo por el pasillo de mármol de plata y salir a la escalera. Cuando llegó a la sala de calderas, el repartidor de la entrega estaba golpeando su portapapeles con impaciencia.

—¡Estoy aquí! —gritó Tim desde el otro lado del gran almacén cuando alcanzó al conductor—. Lo siento —jadeó, tratando de recuperar el aliento. Realmente necesitaba recortar las gominolas.

—Firme en la línea de puntos. —El elfo, descontento, empujó el portapapeles hacia Tim, que firmó rápidamente. Cuando Tim levantó la vista hacia la parte trasera de la camioneta, sus ojos se abrieron como platos.

—¿Por qué no está en bolsas?

Agarrando el portapapeles de Tim, el conductor ni siquiera lo miró mientras rellenaba una copia del recibo.

—No pidieron ninguna bolsa.

Tim hizo lo mejor que pudo para no ser presa del pánico.

—Siempre se han ordenado las bolsas. ¿Cómo supone que voy a…?

Antes de que terminara de hablar, el fornido elfo tiró de una palanca y la puerta de la parte de atrás de la camioneta se abrió de golpe. Tim logró saltar fuera del camino en el último momento y se quedó sin habla mientras el carbón salía disparado, envolviéndole en una nube de hollín negro que le dejó con un ataque de tos.

Agitó los brazos frenéticamente, al oír el estruendo del sonido del motor del camión en algún lugar en la bruma.

—¡Espera!

No sirvió de nada. Para cuando el polvo se asentó, el camión ya se había ido y Tim se quedó enterrado casi hasta las rodillas en un mar de carbón. Recogiendo el recibo dejado a un lado, leyó quién fue el responsable de la orden.

Noel. Lo había hecho a propósito.

Tim se sentó en los bultos negros y se mordió el labio inferior, negándose a permitir que sus lágrimas escaparan. Ese maldito Noel. ¿Qué había hecho Tim para merecer esto? Trató de pensar de nuevo, buscando desesperadamente un momento en el que pudiera haber ofendido por error al elfo supervisor. Nada le vino a la mente. Tim siempre había sido amable con sus compañeros de trabajo y había trabajado muy duro. De hecho, a pesar de la áspera actitud de Noel, Tim había seguido siendo amistoso, con la esperanza de que viera que no sentía rencor y solo quería llevarse bien con él. En varias ocasiones, incluso había ofrecido a Noel algunas de sus galletas como una ofrenda de paz. Eso solo parecía molestar a Noel aún más.

Cansado de sentirse tan lamentable, Tim se puso de pie y arrastró los pies hasta la fila de palas. Agarrando la más grande que pudo levantar, comenzó la ardua tarea de llevar el carbón a uno de los contenedores vacíos en el otro lado del gigantesco horno. Para cuando terminó, le dolía todo el cuerpo y era muy tarde.

Entrando en el baño de los empleados, se miró en el espejo. Parecía un pequeño trozo de carbón, cubierto de hollín de pies a cabeza. Se frotó a sí mismo como mejor pudo, pensando en darse un buen baño caliente en casa y dejar que la evidencia de este pésimo día se diluyera.

Después de lograr quitar la mayor parte de la suciedad de la cara, el cuello y las manos, se quitó el chaleco de color verde oscuro, la corbata roja, y lo que había sido una vez una camisa blanca, quedándose solo con los pantalones bombachos color verde oscuro y la camiseta blanca. Los calcetines a rayas blancas y rojas estaban estropeados, como lo estaba el resto del traje. Eso lo dejaba con dos trajes solamente. Había empezado el año con cuatro. Maldita sea. Simplemente no podía permitirse el lujo de tener más estropicios. Ya había gastado la mayor parte del salario de esa semana en el alquiler y el resto era para la comida. Bueno, suponía que podía conseguir bocadillos de chocolate, si tenía que hacerlo, y todavía tenía las trufas remolino de canela que la señora Kringle le había dado hacía dos semanas. Tal vez debería pensar en un traslado, pero ¿realmente iba a dar a Noel la satisfacción?

Como no quería pensar más en el asunto, se sacudió el polvo de los pantalones, agradecido de haber dejado la chaqueta con su sombrero. Al menos no tendría que congelarse de camino a casa. Después de haber vivido toda la vida en la ciudad del Polo Norte el frío no le molestaba, así que ir por la nieve con un traje estaba bien, pero salir con apenas la camiseta era diferente. Lo último que necesitaba era un resfriado. Por supuesto, no había nada que pudiera hacer sobre el estado de sus calcetines, por lo que tendría que usarlos como estaban hasta que llegara a casa.

Se puso la chaqueta y se aseguró el gorro en la cabeza antes de salir por la parte de atrás del almacén. Hacía fresquito fuera, pero no era insoportable. Sus pensamientos se llenaron de imágenes de sí mismo sentado cómodamente frente al fuego con una taza caliente de su chocolate favorito.

Tim estaba tan perdido en sus pensamientos mientras se dirigía, según su costumbre, a través de la avenida Maíz con Caramelo, que no escuchó las voces graves hasta que fue demasiado tarde. Había tres elfos en las sombras y por un momento, el pulso de Tim se disparó. Entonces se dio cuenta de que eran soldados de juguete. Ufff. Bueno, dos de ellos lo eran. El otro era…

Casi dejó escapar un grito de asombro, pero puso una mano sobre la boca justo a tiempo. El tercer elfo era uno de los matones del Rey Ratón y le estaba entregando un paquete envuelto en papel marrón al más alto de los soldados de juguete.

—Esto es lo que el Rey de los Ratones prometió. Ahora es tu turno para mantener tu parte del trato. Cuando Jack Frost [3] aparezca en el Baile de Navidad de Campanas Plateadas mañana por la noche, ya sabes qué hacer. Estaré allí para asegurarme de que se haga. No creo que sea necesario hacer hincapié en lo importante que es para el Rey de los Ratones, que tengas éxito.

El más alto de los soldados de juguete metió el paquete en su abrigo rojo.

—Sí, lo sé. Nos encargaremos de él.

¿Jack Frost? ¿Por qué los soldados de juguete querían hacerle daño? Él era su jefe, y el hijo del Rey Frost. Seguramente, no…

Eso era malo. Y él no debería estar ahí. Tim dio un rápido paso atrás y tropezó con algo duro, y cuando se dio la vuelta se sorprendió al encontrar a Noel allí.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Noel le agarró del brazo y lo empujó bruscamente contra la pared.

—He venido para asegurarme de que no la fastidias en la entrega del carbón. ¿En qué lío te has metido esta vez?

—¿Quieres decir además del que has creado para mí? —Tim quitó el brazo de las manos de Noel—. No me toques.

Noel estaba claramente preparado para regañarle, pero Tim no tenía intención de quedarse allí. Cualquiera que fuera la reprimenda que Noel tuviera para él podría esperar hasta que Tim estuviera en el trabajo. Intentó alejarse de Noel que, obstinadamente, trató de bloquear el camino, y en el proceso derribó una papelera. Se estrelló con estrépito contra el suelo, generando un eco a su alrededor y haciendo que los tres elfos vinieran rápidamente hacia ellos, sus manos aferradas a los abrigos. ¡Por lo más sagrado, iban a disparar! Al parecer esa noche sí podía empeorar.


[1] Un kringle es un pastel escandinavo, una variedad nórdica del pretzel. La palabra proviene del nórdico antiguo kringla, que significa ‘anillo’ o ‘círculo’

[2] Rein Dears puede referirse a los renos pues la fonética de la palabra se asemeja a reno en inglés, que es reindeer. Por otra parte rein significa rienda o guía. Entonces rein dears vendría a ser los estimados guías, pero lo dejamos en inglés para mantener el juego de palabras.

[3] Jack Frost (también conocido como el Padre Invierno o Jack Frío) es una figura élfica legendaria perteneciente al folclore del norte de Europa. Su trabajo consiste en hacer que nieve o crear las condiciones típicas de invierno, de las heladas, de colorear el follaje en otoño y dejar escarcha en las ventanas en invierno. A veces aparece en obras de ficción navideñas como encargado de crear las condiciones para que Papá Noel pueda realizar su entrega de regalos.

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Recomponiendo a Noel

Book Details

  • Word Count: 15,710
  • Published: December, 5 2017
  • Cover Artist: Paul Richmond
  • ISBN: 978-1-64080-568-2
  • Price: $3.99